bannerTítulo original: The Exorcist
País: EEUU
Primera proyección: Estados Unidos, 26 Dic. 1973
Duración: 122 min
Director: William Friedkin
Guión: William Peter Blatty (Novela: William Peter Blatty)

Hablando desde una evidente falta de objetividad encuentro que esta película es de esas que han envejecido muy mal. Y no por el conjunto de la misma sino por algunos detalles y diálogos ridículos (todos ellos pertenecientes a la trama central de la cinta) que causan desde carcajadas hasta incluso, vergüenza ajena sobre lo que se está contemplando. Generalmente, la cinta es una digna obra de terror, perfecta en todo aquello que sólo busca sugerirnos algo: el problema llega cuando ese algo se convierte en explícito y los momentos que dedican para mostrarlo rozan el esperpento. Hablando tan mal de esta película ¿podría recomendarla? Personalmente, no he encontrado en ella nada que me pueda proporcionar un mínimo de terror, aunque sí goza de cierta magia, aura especial y marcado suspense que se convierten en sus virtudes para que podamos seguir la cinta con mucho interés.

Por tanto, la respuesta a la pregunta que planteo, sería que sí es una película recomendable. Sí por lo que intriga, por lo que aporta al mundo del cine, por Lee J. Cobb, por Max Von Sydow, por el inquietante personaje del padre Karras (Jason Miller), por su confusa atmósfera, por sus brillantes minutos iniciales, por la oscuridad de sus escenas, por la oportunidad de conectar con la posibilidad de una molesta visita del demonio.

En 1973 debió ser un bombazo una película que sin cortarse un pelo mostraba -y aquí viene resumida la sinopsis- a una niña poseída que soltaba todo tipo de basura (literal y metafórica) por la boca y que tras ser estudiada por diversos médicos que no encontraban una explicación razonable a su estado, fue puesta en manos de los profesionales de Dios, un par de sacerdotes especializados en exorcismos. Pero llega 2012 y al contemplar que mientras el satánico ser hacía presencia en la joven, el espectador tiene que ser testigo de diálogos de “pedo-culo-caca”, se te cae el alma al suelo. Supongo que el doblaje al español (lamentablemente, la versión que yo he visto) la perjudica enormemente, pues no me encajan demasiado algunas frases tan ridículas como: “Cabrón, fóllame, fóllame, joputa”. Tampoco puede digerirse el risible tono en el que se pronuncian. 

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De existir el diablo y poder hacer acto de presencia entre nosotros, imagino que el señor Satán nos deleitaría con algunos diálogos más originales que los citados, porque para decir “joputa” y volver a su casa, mejor que se quede velando por las infernales almas que habitan su ardiente hotel. Yo lo reitero pese al riesgo de ser fusilado por todo amante de esta obra: si no hubiese visto esta película en el bendito canal TCM -que se toma muy en serio esto del cine- pensaría que durante los momentos en los que el demonio manifestaba su posesión sobre la niña, lo que se estaba emitiendo realmente era algún viejo sketch de Florentino Fernández (‘Flo’, para los amigos) en aquel añorado programa llamado ‘El informal‘. Como despotricar sobre algo es lo más fácil del mundo, voy a intentar equilibrar ambos lados de la balanza para reafirmar las virtudes que más arriba mencioné (y eso que puedo asegurar que podría seguir con la ristra de pegas, algunas tales como los meneos de la niña sobre la cama y… bueno, sigo) decir que en su conjunto y quitando todo lo referente a la abominable poseída, la película es un excelente híbrido entre drama y suspense.

Sabe reflejar muy bien la melancólica actitud del padre Karras, ambiguo, lleno de misterio, completamente impredecible, sin saber si realmente quiere ayudar a alguien o si el tormento que gobierna su interior le incapacita para su propia y tambaleante vocación religiosa. El plus de la intervención del siempre genial Max Von Sydow (“Insomnio“, 2001) convierte cada minuto en una escena con honores militares: cada paso, cada palabra del sueco, parece salir para enmarcarse y después ser colgada en alguna funesta pared. El afable personaje de Lee J. Cobb (“12 hombres sin piedad“, 1957), siempre rondando al resto de los protagonistas como el que no quiere la cosa, me parece el mejor labrado de toda la cinta. Es de esos que con un par de sonrisas y una taza de café saca más de ti que un matón a punta de pistola. Su presencia engrandece esta cinta que, pese a todos sus defectos resulta entretenidísima, y el dedo está muy lejos del mando de la TV durante toda su duración, que desea digerirse hasta que terminan los créditos finales.

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Pese a lo incongruente de esta afirmación, a la película le quitan la niña y mejora enteros. Quizá sea por mi afición a que sólo me gusta el terror sugerido, que me digan que “hay algo ahí” sin indicármelo con señales ni dibujándomelo para que vea lo horroroso que es. Aquí no se logra ser sugerente, se quiere dar miedo entrando como un elefante a una cacharrería. Magistral banda sonora (versión del director) con el apasionante tema principal “Iraq” y el inolvidable “Tubullar Bells” de Mike Oldfield.

Nota del autor:
6,0
 ██████ (Correcta)

Written by Sandro Fiorito

Cofundador de LGEcine

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