Título original: Hard Eight (Sydney)
País:
 EEUU
Primera proyección:
 EEUU, 20 Ene. 1996 (Sundance Film Festival)
Duración: 
102 min.
Director: 
Paul Thomas Anderson

Guión: Paul Thomas Anderson

Que Paul Thomas Anderson (“Pozos de ambición“, 2007) es uno de los más brillantes directores contemporáneos es algo que a estas alturas ya no es un secreto. Guste más, guste menos, es capaz de ofrecer en el cine eso que tanto se demanda: nuevas ideas y nuevas formas de transmitirlas. Dirige y escribe películas cuyo argumento es habitualmente un original e intencionado enredo de ingeniosos diálogos a los que suelen acompañar la sorpresa, el humor negro y un formato absorbente, elegante, silencioso y lleno de suspense que lleva incrustado el sello personal del realizador californiano. Construyó su carrera con una sólida base que más tarde le proporcionó dos grandes películas, comenzando su andadura en esto del cine con dos cortometrajes que darían pie a sus dos primeras películas: “Cigarettes & Coffe” (1993), que más tarde se transformaría en largometraje, convirtiéndose así en la ópera prima de este director (cuyo fruto fue la obra de la que aquí hablamos: “Sidney”) y“The Dirk Diggler Story” (1988), que se convertiría en una cinta de nada menos que casi tres horas de duración en “Boogie Nights”, (1997).

Con “Sidney”, P. T. Anderson nos cuenta una historia de almas perdidas, desgraciados sin rumbo cuya máxima en la vida es la del devaneo por la misma, vagando de un lugar a otro cargados de remordimientos y de soledad. Sus personajes son tan tristes que no dudan en aliarse con cualquier desconocido para poder dar un poco de sentido a su existencia. Y así es como comienza esta historia. A las puertas de un bar, sentado en el suelo y demostrando su pésimo estado de ánimo se encuentra John (John C. Reilly), sin un dólar en el bolsillo después de haberlo perdido todo jugando al blackjack. Testigo de la citada estampa es Sydney (Philip Baker Hall), un misterioso hombre de unos sesenta años y vestido elegantemente que se acerca hasta John para ofrecerle un cigarrillo y un café. Juntos conversan acerca de sus situaciones (no sin cierta hostilidad por parte del joven ante lo incrédulo que le resulta que un desconocido se le acerque de buenas a primeras y le invite a entrar en un bar) hasta que el enigmático hombre mayor le propone que viajen juntos para ganar dinero en los casinos: la forma de hacerlo es cosa de Sydney.

Uno de los aspectos más logrados de la película es precisamente la caracterización de ese Sydney extraordinariamente interpretado por Philip Baker Hall. Su personaje pulcro, directo, elegante y siempre con la respuesta adecuada partiendo desde sus labios, es todo un enigma de principio a fin. El admirable trabajo de Philip Baker Hall (“El dilema“, 1999) eleva su rol a la categoría de icono clásico, cuyo estilo y formas se compenetran con armonía dentro de un formato con un cargado sabor a cine negro. Un grandísimo trabajo del actor nacido en Ohio. El reparto se completa con una corrección generalizada encabezada por un buen John C. Reilly -que posteriormente se convertiría en uno de los fijos de P. T. Anderson, apareciendo en películas como “Boogie Nigths” (1997) o “Magnolia” (1999)-, una más que buena Gwyneth Paltrow (“Iron Man 2“, 2010) con una expresividad conmovedora y Samuel L. Jackson (“Jackie Brown“, 1997) haciendo lo que mejor se le da: el papel de chulo y macarra despreciable, un rol que sabe sacar del paso con muchas tablas. Aparece también de forma estelar alguien que me parece un gran actor y que también sería uno de los fijos en la filmografía de Anderson, Philip Seymour Hoffman (“Truman Capote“, 2005). Su fugaz pero acertada interpretación demuestra que su calidad como actor es capaz de crear un bien diferenciado contraste, encarnando tanto a los personajes más asquerosos y vomitivos como a los más encantadores o simpáticos.

El apartado musical está comandado por el compositor Jon Brion (“Punch-Drunk Love”, 2002) y el cantante y escritor de canciones Michael Penn (canción “Two of us” en “Yo soy Sam”, 2001). El conjunto de la banda sonora aporta al metraje compases que alternan el chill-out con el blues (ese maravilloso “Sydney’s Doesn’t Speak” que acompaña una de las mejores escenas de la película) entre otros estilos, dando lugar a unas partituras pausadas, armoniosas e intrigantes que encuentran su alternativa en una pieza que recuerda a las mejores melodías que se suelen (o solían) componer para películas del Oeste: la sencilla y preciosa “Leaving the City”. Con todo, una gran película, cuyo hilo conductor es un personaje protagonista con un estilo que merecería reproducirse en otras cintas por la perfección de su dibujo. Su trabajado argumento, lograda atmósfera y magnífica dirección completan el resto de este melancólico y oscuro relato de pobres diablos que buscan una luz al final del túnel.

Nota del autor:
8,0
 ████████ (Muy buena)

Written by Sandro Fiorito

Cofundador de LGEcine

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