Título original: Red Hill
País:
Australia

Duración: 95 min.
Director: Patrick Hughes
Guión: Patrick Hughes
Música: Dmitri Golovko

Fabuloso western actual dirigido, escrito, producido y editado por Patrick Hughes, quien firma de esta manera su primera película después del éxito conseguido con el cortometraje “Sings (Señales)”, estrenado en el año 2008. La esencia más pura del western, con su tensa intriga cargada de personajes misteriosos, tiroteos, situaciones copadas por miradas dignas de partida de póker y valores tan clásicos como el honor y el valor, se ha sabido encajar a la perfección dentro de la vida urbana y policial de una pequeña ciudad australiana.

La condición del filme como ópera prima se deja ver en errores tales como artificios incluidos en el argumento con el fin de exagerar la historia, algunas secuencias con un resultado que se intuye, pequeños descuidos o leves incongruencias entre escenas, y un guión carente de contundencia y amigo de lo convencional. Son datos que fácilmente pueden omitirse al centrarnos en el notable desarrollo de la trama y lo sobresaliente de los apartados musical y fotográfico. La presentación inicial, tanto del pueblo como de sus personajes, es brillante. Contiene todo un recital de escenas poderosas, que radian calidad por los cuatro costados.

Con un fuerte aroma a “Infierno de cobardes” (1972), la trama se centra en una pequeña localidad australiana llamada Red Hill. Sobre ella aterriza el personaje principal, Shane Cooper (Ryan Kwanten), un agente de policía recién trasladado de la ciudad a ese pueblo con su mujer, Alice (Claire van der Boom), quien luce un avanzado estado de gestación. Cooper se enfrenta a su primer día de trabajo en su nuevo destino (en una comisaría local que guarda todas las similitudes con cualquier ‘oficina del Sheriff’ de Estados Unidos), teniendo todo en contra: ha perdido su arma reglamentaria y el ambiente laboral, marcado por la terquedad de algunos compañeros y la dureza del jefe, no hace más que presentar obstáculos para el protagonista. Teniendo que cabalgar cual vaquero a los lomos de un caballo por falta de vehículos patrulla, Cooper adelanta desde las primeras escenas el rumbo que va a llevar la cinta durante el resto de su metraje, con ese sello tan característico del western adaptado a los tiempos actuales. Ahora los agentes de la ley hablan de sanciones disciplinarias, y aunque siguen calzándose como antaño unas buenas botas, llevan walkie-talkie y disponen de centralita. Ya no se escupe al suelo tabaco de mascar o se dice aquello de “esta ciudad no es lo bastante grande para los dos”. Pero el resto, sigue igual: el jefe de policía, el “viejo Bill”, actúa como los sheriff de antaño. Nada se le escapa ante sus ojos y controla minuciosamente las visitas que llegan al pueblo. El estallido de western definitivo se produce cuando la televisión anuncia la fuga de prisión de Jimmy Conway (Tommy Lewis), un peligroso criminal estrechamente ligado a Red Hill, que estaba cumpliendo cadena perpetua. Su seguro regreso al pueblo con sed de venganza, alerta al “viejo Bill”, que ordena una especie de “toque de queda” en la ciudad, haciendo que se advierta a la gente de no salir a la calle por riesgo de una peligrosa tormenta. Todo queda desierto. Se cubren todos los accesos. La ciudad, sus policías y varios ciudadanos armados, esperan a Jimmy.

Ryan Kwanten (“Silencio desde el mal”, 2007) resuelve con gran corrección el trabajo del rol protagonista. La aparente ingenuidad que transmite su personaje y la contundencia con la que ejecuta las acciones del mismo son la garantía de una buena interpretación. También cabe destacar el papel de Steve Bisley, quien apareciera en 1979 como Jim Goose en “Mad Max: Salvajes de la autopista” y haya centrado la práctica totalidad de su carrera en películas y series dirigidas para la televisión. Su actuación contribuye a la creación de un personaje, el del “viejo Bill”, sólido, frío e imponente. Por otra parte, Tommy Lewis (“The chant of Jimmie Blacksmith”, 1978) adopta el rol del convicto fugado Jimmy Conway, con una moderada calidad, afectada por la exageración de los rasgos de su personaje. Y es que se sigue cometiendo el fatal error de llevar al límite las caracterizaciones de personajes enigmáticos o de oscuro pasado. Falla pues, Hughes, al caer en el error de esos cientos de cineastas que construyen a los malos de la película con los típicos estereotipos ‘hollywoodienses’: media cara quemada (como es el caso que nos ocupa), cojera, un ojo a la funerala, algún tipo de máscara… Deberían empezar a decantarse por figuras más normales para encarnar a los villanos. Con menos preocupaciones por el físico, y más por su inteligencia. Por último en lo que respecta a las interpretaciones, mencionar también que se agradecen las breves pero bien aprovechadas escenas de Kevin Harrington (“La luna en directo (The Dish)”, 2000).

Uno de los activos de esta película es un apartado musical excelente, dirigido por Dmitri Golovko. Sus partituras son estupendas, e incluso van ganando fuerza a medida que van avanzando los minutos en la cinta. La estética de sus compases puede recordar, en parte, al spaghetti-western. La fotografía, de Tim Hudson, es espectacular, especialmente en las escenas diurnas. Deja para la retina unas postales preciosas, que comparten la aridez más absoluta con la frondosidad de sus paisajes más relajante y envolvente.

Con todo, destacar el meritorio debut de Patrick Hughes con su primer largometraje, con pequeños errores que podemos asumir por el carácter novel de la obra, que no deja de aportar un gran nivel de disfrute dentro de sus cortísimos (a mí al menos me lo han parecido) 95 minutos de duración. Una grata sorpresa.

Nota del autor:
8,0 ████████ (Muy buena)

Written by Sandro Fiorito

Cofundador de LGEcine

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