Título original: In My Father’s Den
País:
Nueva Zelanda
Duración: 128 min.
Director: Brad McGann
Guión: Brad McGann (Novela: Maurice Gee)
Música: Simon Boswell

“Un remanso de paz, soledad, reflexión y melancolía enmarcado en una historia nostálgica […] un deseo de evadirse para encontrar la propia identidad […] formato pausado y de fuerza irregular […] producto bien hecho y de admirables intenciones […] Contiene escenas poderosas, maravillosas […]”

Animado por la presencia de Matthew MacFadyen (“Orgullo y prejuicio“, 2005), un actor al que auguro -o como poco, deseo- una gran proyección, me dispuse a ver el único trabajo en la obra de Brad McGann, a quien se llevó el cáncer en 2007, apenas tres años después de la realización de esta cinta, que hubiera sido un gran comienzo en la carrera del susodicho. Nos deja como recuerdo de su fugaz experiencia como cineasta un remanso de paz, soledad, reflexión y melancolía enmarcado en una historia nostálgica en la que sus protagonistas comparten entre sí la coincidencia de unos pensamientos instalados en vivencias pasadas. Es un deseo de evadirse de un lugar para intentar encontrar la propia identidad, hecho que queda reflejado en la genial frase extraída del guión que el propio McGann escribió basándose en la novela de Maurice Gee: “Prefiero no ser nadie en algún lugar, que ser alguien en ningún sitio”.

Como hilo conductor de estos sentimientos y expresiones, Paul Prior (Matthew MacFadyen) un reputado fotógrafo de guerra que trabaja para importantes agencias en Europa, que regresa a Nueva Zelanda tras conocer la noticia del fallecimiento de su padre. La vuelta al mismo hogar, situado en un pueblo tranquilo que abandonó en su etapa de adolescente, se convierte en una sucesión de buenos y malos recuerdos que buscarán ser encajados por el solitario protagonista. Encontrará en su hermano Andrew (Colin Moy) un imponente obstáculo a su presencia y verá en una joven y fascinada Celia (Emily Barclay), un reflejo de su infancia.

Mientras van apareciendo más figuras relacionadas con el pasado de Paul, la historia va girando dentro de una espiral que combina drama y thriller desde un formato pausado y de fuerza irregular, que hace ver a esta película como un producto bien hecho y de admirables intenciones, de liviana fortaleza. Contiene escenas poderosas, maravillosas, que intuyo perdurarán en mi cabeza, pero en general mantiene un ritmo ligero que impide que su historia -que tiene todas las cartas para ello- se eleve hasta un dramatismo más puro, que afecte al espectador de una forma más contundente.

Las notables interpretaciones de Matthew MacFadyen y Emily Barclay y lo regular de un correcto reparto consiguen que veamos con credulidad lo representado. La fotografía, que encuadra parajes inmejorables y que se caracteriza por un movimiento reposado y una iluminación atenuada dispuesta generalmente bajo la niebla o la oscuridad de la noche, se conjuga a la perfección con el exquisito gusto musical de su protagonista, que en un viejo pero bien conservado tocadiscos reproduce vinilos que ejecutan temas tan sublimes como “Chants d’Auverge”, cantado por la soprano neozelandesa Dame Kiri Te Kanawa y tocado por la English Chamber Orchestra, que descubrí gracias a esta película y que no me he cansado de volver a escuchar repetidas veces.

Nota del autor:
7,0 ███████ (Buena)

Written by Sandro Fiorito

Cofundador de LGEcine

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