Título original: The shoes of the fisherman (Michael Anderson, 1968) – 157 min

sandaliasSin ser un religioso confeso ni creer firmemente en la existencia de Dios, siempre me he sentido atraído, o mejor dicho fascinado, por el mundo paralelo que significa la religión, muy especialmente la católica, a la que respeto enormemente a pesar de no practicarla. La jerarquía eclesiástica, con sus cardenales, obispos y arzobispos. La política que desarrolla la Iglesia desde el interior del Vaticano. La diplomacia que practica su pequeño a la par que gran Estado, con el resto de los países del mundo. El nivel de influencia que puede tener la palabra del Papa sobre los demás o, al menos, sobre sus cientos de millones de fieles. La forma en que la Santa Sede pretende acercarse al mundo para hacerles llegar la religión que defienden. Las catedrales, las vestiduras y los ornamentos sagrados. La espiritualidad gobernando una mente. Pero también los pecados que pueden significar las envidias, rivalidades e imposición de opiniones entre los propios párrocos, manifestadas en, por ejemplo, una votación sobre la elección de un nuevo Pontífice. Son elementos sumamente importantes que siempre he buscado contemplar en el cine y que, afortunadamente, he podido encontrar en esta notable, absorbente e interesantísima película en la que su narrativa de un excelente guión y la magnífica interpretación de su principal protagonista, hacen todo el trabajo, combinado todo esto, eso sí, con una maravilloso vestuario, fotografía y música, que se encargan de representar con gran acierto la parte artística de la película.

Película, he dicho. Y es que algunos hombres de poca fe (aprovechando el recurso religioso) ponen trabas a esta historia, tan ficticia como perfectamente aceptable, olvidando que lo que se muestra en ella es el resultado de una producción cinematográfica. Se pueden hacer películas sobre policías que saltan de una a otra azotea. O dramas en los que las situaciones se resuelven con una táctica engañosa. Hemos visto de todo en el cine, dentro de productos aparentemente realistas. Pero nos cuesta asumir que se pueda hacer una película generalmente respetuosa con la Iglesia, marcada por un obvio tono religioso que nos deja ver que en alguna parte, y en algún momento, puede haber algún Dios que nos esté observando y sea Él quien marque los designios de nuestra vida. Cierto es el escepticismo respecto a cuestiones de fe, pero desde luego creo que para ser testigo de una buena película de estas características no hace falta ser licenciado en teología, pues de ella podemos sacar cosas muy buenas sin tener la sensación de una mano que intente manipularnos. En “Las sandalias del pescador” se muestra a una Iglesia, la verdadera, con sus devenires, preocupaciones y tópicos asignados. Con sus criticadas opulencias, en forma de piedras preciosas, coronas de oro o tronos milenarios.

Anthony Quinn, 'Las sandalias del pescador'

Anthony Quinn, ‘Las sandalias del pescador’

Es la Iglesia que el ruso Kiril Lakota (Anthony Quinn) pisa en esta película como arzobispo, una vez liberado del cautiverio al que fue sometido en su país por motivos políticos. Es el presidente de la entonces Unión Soviética, Piort Ilyich Kamenev (Laurence Olivier), quien en plena Guerra Fría da la orden de liberación del párroco, en un claro movimiento de ajedrecista político, con vistas a solucionar un previsible conflicto con China. Kiril Lakota es enviado a Roma, donde junto a su inseparable y polémico sacerdote David Telemond (Oskar Werner), es nombrado cardenal por el entonces Sumo Pontífice, por las buenas sensaciones y firme demostración de fe del ex preso político, quien durante la realización de trabajos forzados, aprovechaba el momento para predicar su mensaje entre sus compañeros. Es el destino, la vida, el mundo o Dios, quien pone a Lakota en el lugar indicado y en el momento idóneo, como si fuese un enviado, encontrándose tan humilde, admirable y sencillo predicador en mitad de un Cónclave que decide la elección de un nuevo Papa ante la inminente defunción del entonces Vicario de Cristo. Después de despedir la chimenea vaticana hasta siete veces humo negro, el blanco humeante aparece para anunciar “Habemus Papam”: Kiril Lakota es nombrado el primer Papa no italiano en siglos. Hecho que sería más curioso de no ser porque paradójicamente, diez años más tarde, esta trama se convertiría en realidad, siendo elegido Pontífice un polaco, el entrañable Karol Wojtyla, que adoptó el nombre de Juan Pablo II.

Anthony Quinn, 'Las sandalias del pescador'

Anthony Quinn, ‘Las sandalias del pescador’

Anthony Quinn está fantástico en su sagrado rol, sorprendiendo el hecho de cómo un actor que ha dado vida a cientos de personajes toscos o de malos modales (fue el inolvidable Zampanò en “La Strada”, 1954, y revolucionó México en “¡Viva Zapata!“, 1952) maneje con tanta naturalidad los hilos de un personaje inmensamente humilde, de voz templada y maneras apacibles, siempre prefiriendo escuchar a hablar. Dentro del reparto también destacan unos correctos Oskar Werner (“El viaje de los malditos”, 1976) y Laurence Olivier (“La huella“, 1972), además de un buen Leo McKern (“El día en que la tierra se incendió”, 1961) -por encima de la media y creo que inmediatamente después de Quinn en esta cinta- y la anecdótica pero muy correcta aparición del gran cineasta Vittorio de Sica, dando vida aquí al Cardenal Rinaldi. Las narraciones que realiza David Janssen como el periodista George Faber para la televisión, relatando los acontecimientos de la muerte y la elección de un nuevo Papa, contienen algunos de los momentos mejor contados, más brillantes y poderosos del guión.

La música, de Alex North (“Un tranvía llamado deseo”, 1951) deja como herencia toda una serie de preciosas partituras de acentuado tono épico que acompañan, o llevan en volandas, una historia que me mantuvo pegado al asiento y sin parpadear durante sus dos horas y media de duración, que consiguen ver su poderío prolongado desde el primer al último minuto. Completamente atemporal, la reflexión realizada por el personaje de Quinn en el momento más brillante de la película es aleccionadora, memorable, y sigue siendo una demanda de muchos en el día de hoy.

Nota del autor:
8,0 ████████ (Muy buena)


 

Written by Sandro Fiorito

Cofundador de LGEcine

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