Tokyo Burst: Crime City (Eiji Uchida, 2026) – 116 min. –

Un joven policía japonés, antiguo líder de una banda de motoristas, deberá colaborar con un detective coreano para intentar frenar una oleada de crímenes que parece tener su origen en Corea del Sur.

Entretenida propuesta de buddy movie policial y coproducción japonesa-coreana, con Ma Dong-seok (uno de mis actores fetiche del cine coreano) como productor.

En realidad, estamos ante una extensión de la saga The Roundup ambientada en Japón, pero sin el inspector Seok como protagonista. Ni siquiera aparece en un cameo ni hay escena poscréditos, al menos en la versión que se ha proyectado. Y me quedé a verlo para verificarlo.

De hecho, la conexión con la saga original, además de las referencias al submundo criminal coreano, se establece a través de un secundario que repite papel: el raterillo Jang Yi-soo (interpretado por Park Ji-hwan). Lejos de ser un simple chiste, como en las entregas anteriores, aquí se ha vuelto mucho más peligroso al poner su cerebro a funcionar. Es uno de los motores de la historia, con su empeño en montar un casino en Japón y sin el inspector Seok encima, propinándole palizas.

El joven inspector Aiba (Kōshi Mizukami, A Criminal Lesson), antiguo líder de una banda de motoristas que decidió abandonar el mundo del crimen, aunque no sus contactos, deberá colaborar con el detective coreano Choi Siu (Yunho), que ha viajado a Japón debido a un aumento de la criminalidad en su jurisdicción que parece estar conectado con el país vecino.

A partir de aquí tenemos una mezcla de géneros: cine de yakuzas, policías que se saltan las normas a la torera —muy en la línea de The Roundup, repitiendo incluso sus mecánicas de interrogatorio—, criminales coreanos amparados por las altas esferas y peleas entre bandas…

Para mí, es una mezcla de Crows Zero y The Veteran (ambas muy recomendables). Combina géneros e idiosincrasias nacionales para generar un producto bastante disfrutable.Por un lado, tenemos el arquetipo del joven japonés: rudo, pandillero y gritón, muy en la línea yakuza. Súperexpresivo, siempre poniendo muecas. Defiende que ese es su territorio, como haría un criminal, en lugar de comportarse como el garante de la ley que debería ser.

No se menciona expresamente, lo que te hace pensar que directamente ha sido un yakuza. Sin embargo, si analizas sus amistades y su pasado, encaja más con un bōsōzoku: miembro de una banda juvenil de motoristas, caracterizada por su rebeldía y su estética llamativa. Algo así como una versión más joven de los Hells Angels, aunque con sus propias particularidades.

La película nos muestra que, aunque esté en el lado correcto de la ley, no ha olvidado quién es ni de dónde viene. Y eso le permite aprovechar lo mejor de dos mundos.

Por otro lado, tenemos el arquetipo del joven coreano: más callado, serio y frío. Un contrapunto perfecto a la explosividad y la falta de reflexión de Aiba. Su enfoque policial es mucho más marrullero y nos muestra las turbiedades típicas del cine de policías: el desprecio por las normas, la seguridad y los derechos de los sospechosos, y la idea de que, a veces, la única diferencia entre los agentes y los criminales es llevar una placa.

Aquí me habría gustado más que el personaje fuera uno de los policías jóvenes de la unidad de Seok, en lugar de una cara nueva. Habría sido una forma más directa de conectar ambas películas y, de paso, de darle al espectador otro rostro conocido dentro de la franquicia.

Una buddy movie de manual.Ambos irán acercando posturas hasta empezar a apreciar los métodos del otro, mostrándonos un poco de cada lado.

Tal vez por ese empeño en dar espacio a ambas perspectivas, no estamos ante una película policial de corte tan extremo como cabría esperar. Sin embargo, eso también la hace más accesible para quienes están menos familiarizados con el cine de yakuzas o el thriller policial coreano.

La banda sonora es aceptable, pero su punto fuerte reside en las escenas de acción, con combates tan espectaculares como delirantes. Tenemos a un japonés que da cabezazos a todo lo que se le pone por delante, como si tuviera un yunque por frente, y a un coreano que demuestra que algo de taekwondo sabe (y que tiene muchos litros de sangre adicionales, como es menester en un coreano: las puñaladas en el bazo ni las nota, que eso es para débiles).

Precisamente, los villanos protagonizan algunas de las escenas más espectaculares, con sangre y barbarie a partes iguales. El enfrentamiento contra el líder de la banda de hosts se plantea casi como una confrontación entre las dos naciones. Consciente de ello, el director intenta que ninguno de los dos bandos quede humillado, aunque los villanos lleven la iniciativa, porque, si no, no habría historia.Por mi parte, lo más entretenido es la forma en que se nos muestra una parte del submundo yakuza, especialmente en las conversaciones con una banda en decadencia por culpa de las políticas gubernamentales. Es en ese tono semicómico, pero oscuro, donde la película funciona mejor.

Lo vemos, por ejemplo, en la persecución en bicicleta o en la cabalgada final de los moteros. En estas escenas se aprecia también el intento de dotar a los personajes japoneses de cierto aire redentor, en una línea cercana a la estética bōsōzoku.

Poco a poco, el equilibrio inicial entre ambas partes se va inclinando hacia la japonesa. La película pasa de repartir la dignidad a partes iguales a conceder un mayor protagonismo a los nipones. Al fin y al cabo, quien juega en casa tiene ventaja.

Creo que esto puede responder a una decisión del director para favorecer la aceptación de la película en Japón.

Aun así, sufre al compararla con las otras películas de la saga y se queda en entretenida, pero no memorable. Hay humor, hay historia y hay violencia, pero no se rebasan tantos límites como en las entregas originales. Echo de menos, especialmente, aquellos efectos de sonido tan exagerados que se utilizaban en la saga para subrayar lo destrozada que acababa la gente. Una seña de identidad que contribuía a hacer los combates tan bestias y divertidos.

Es un spin-off que promete, pero aún tiene terreno por recorrer. Necesita definir mejor a sus personajes y otorgarles más historia propia para que no dependan tanto del universo del que proceden.
Una película recomendable si te gusta ver bares de hosts japoneses, dar cabezazos a las cosas o inclinarte reverencialmente ante la bandera japonesa y el dinero.

Como toque final, me encanta que el viaje de los yakuzas al final de la película deje abierta la puerta a una nueva entrega de The Roundup, esta vez de vuelta en Corea.

La frase: «Ahora está usando el arma secreta de la policía japonesa: el sentimiento de culpa.«

La escena: (dos escenas)

  • La persecución en bicicleta. Me moría de la risa de lo ridícula que era.
  • El momento de la «hora de la verdad» con el comisario. También hilarante y ridículo a partes iguales.

Vista con PASE DE PRENSA en el Festival Internacional de Sitges 2026

Nota del autor:

6,5 ██████ (Correcta)

TRAILER V.O.:

 

 

Written by Oscar Hidalgo

Cinéfago demente