Fight Club (David Fincher, 1999) – 139 min
El club de la pelea (Título en Hispanoamérica)

Desde su salida, Fight club se ha erigido como una de las películas más aclamadas de finales de siglo. No obstante, su conversión en un fenómeno cultural ha causado que se opaque su mensaje.

El discurso que propuso David Fincher ha quedado oculto tras las masas de fans que este largometraje ha ido cultivando a lo largo de los años, masas de fans que a veces ignoran lo irónico de su fanatismo. Es decir, pareciera que esa crítica que nos traía hacia el consumismo moderno y demás asuntos solo ha servido para que sus adeptos compren más convencidos que nunca la camiseta de Tyler Durden – bastante cómico si me preguntan-.

Ahora bien, no nos engañemos, esta película tampoco buscó despertar a la sociedad, pero sería interesante echarle un vistazo a su trasfondo para ver que se esconde tras este club. No obstante, pasaremos por alto muchos detalles de la trama para centrarnos en el eje central de sus argumentos.

1ª Regla: Nadie habla del Club de la Lucha

Comenzando por el propio protagonista; ya nos sirve como representación del hombre actual. Un trabajador desmotivado, pero que paga las facturas y el resto de cosas que necesita, como el último sillón que ha sacado Ikea. Suena absurdo -ese es el punto-, pero llenar su apartamento de muebles nuevos resulta lo único que lo anima en cierta medida. Sumado a eso tenemos el terrible insomnio que lo lleva acompañando por meses y que han hecho de él una suerte de zombi de oficina.

En esa tesitura, comienza a asistir a grupos de apoyo para pacientes de cáncer testicular (cuando él ni si quiera lo padece) y sorpresivamente su sueño mejora, haciendo de esas visitas su terapia más efectiva. O sea, el fingir una dolencia y sentir el amparo de esos grupos expone el vacío emocional que el narrador sufría de antemano, vacío consecuencia de una vida aparentemente funcional (trabajo, dinero, un apartamento) pero carente de contacto humano genuino; el abrazo de Bob rompe esa barrera que lo mantenía reprimido y por lo tanto, al llorar y hacerse por fin vulnerable, consigue descansar. Esa sensación es perseguida en todas las jornadas de apoyo, hasta la llegada de Marla.

Marla impide esa desconexión del protagonista porque irónicamente está haciendo lo mismo que él: colarse en las reuniones fingiendo su enfermedad. El choque de realidad que esto supone para el protagonista le impide conciliar el sueño nuevamente, por lo que a la vuelta del insomnio, al perder su única vía de escape, aparece Tyler…

Se conocen en un vuelo en el que entablan una pequeña charla, y Tyler (que se presenta como un fabricante de jabones) le da su número. Al regreso del narrador a su edificio, descubre que una brutal explosión ha destruido su apartamento -y más importante, todos sus muebles de Ikea-. La llamada no se hace esperar, sin nadie a quien recurrir, le cuenta a Tyler la situación y quedan en un bar donde conversan sobre la dependencia a lo material, el capitalismo, etc.

A la salida tenemos una de las escenas más icónicas del film “Quiero que me golpees lo más fuerte que puedas”, veamos que tenemos por aquí. La pelea que tienen en la puerta del bar me sirve para explicar la dinámica que cumple Tyler Durden en la psique del protagonista; su presencia surge como respuesta al fracaso de los grupos de apoyo. Es decir, al llegar Marla y frustrar su ritual terapéutico -basado en la vulnerabilidad emocional- necesita cambiar de enfoque: nace un modelo de todo lo que nunca ha sido, un hombre masculino, libre de las cadenas del consumismo, que vive el día a día y que no le importa el riesgo. Lo que le ayudaba antes era llorar en los brazos de Bob, fingiendo una enfermedad, fingiendo que iba a morir; ahora necesita lo contrario, sentirse vivo; ahí entra en juego nuestro fabricante de jabones.

Las noches siguientes, mientras viven juntos, vuelven a ese bar para luchar en la entrada, reuniendo progresivamente a más espectadores. Los interesados acaban sumándose a las luchas y, llegado un punto, mudan su actividad hasta el sótano del establecimiento, ha nacido el Club de la Lucha.

2ª Regla: No se habla del Club de la Lucha

El discurso inaugural de Tyler aúna los puntos centrales de la filosofía del club. Se trata de una generación cuyo rumbo no se dirige a futuros prometedores, sino a un mañana incierto, desamparada por un sistema que devoró sus aspiraciones para convertirlas en productos.

Al hombre contemporáneo, si no se le ofrece algo nuevo que consumir ni que lo distraiga de su vacío, pagará con su vida aquello que le prometa lo que siempre necesitó, un sentido.

Por ende, esta organización canaliza sus energías en la destrucción de todo orden impuesto. Pese a que comienzan por pequeños actos vandálicos, el tono va aumentando hasta que los planes involucran terrorismo, todo organizado desde la casa de Tyler. Las noches de pelea se suceden, llegan más y más integrantes, cada vez más comprometidos con la causa, dispuestos a matar, a morir por ella.

Si bien el narrador fue uno de sus fundadores, comienza a rechazar la radicalización del club; él ansiaba la catarsis de la lucha, la adrenalina, pero no la desintegración del sistema. Su caída solo supondría la sustitución por otro modelo distinto de jerarquía, pues la “libertad” que se prometía en El Club de la Lucha, ha degenerado en un arquetipo sectario, regido por sus normas fijas. El proyecto Mayhem del que “no se hacen preguntas” plasma la propuesta más ambiciosa de este grupo: tumbar los edificios de las grandes entidades crediticias y liberar a la gente de sus deudas. La línea está muy cerca de cruzarse, más cerca que nunca de erradicar el “yugo del capital”. Los militantes están preparados y el propio co-fundador ha sido desplazado de los planes. La situación, que ya era insostenible, empeora al descubrirse la verdad: el narrador y Tyler eran la misma persona, un golpe de realidad que resignifica todo lo que venía sucediendo (La explicación de este hecho viene explicado con anterioridad, por lo que lo obviaremos en este momento). Ha presenciado cómo han muerto compañeros, cómo esta gente sigue a Tyler hasta las últimas consecuencias, y ahora necesita detenerlo, detenerse a si mismo. Por ello corre a una comisaria para confesar su implicación en el proyecto y dar detalles del mismo.

Para su mala suerte, las redes del club han penetrado en las autoridades, siendo que todos los policías que lo interrogan forman parte de él. De milagro consigue escapar y llegar hasta el punto de detonación a desactivarlo. Allí enfrentará a su alter ego: más fuerte, más capaz, pero no olvidemos, aún parte de él. Considerando esto, toma una pistola y comete un “suicidio” parcial disparándose en el cielo de la boca, en el que sorpresivamente, acaba con Tyler Durden pero no consigo. A continuación, por más que hubo puesto fin a su contraparte, los rascacielos de los grandes bancos se derrumban por los explosivos…

Para algunos podría ser seña de un final trágico, en el que “los malos ganan y los buenos pierden” ¿Para mí? No veo más que la consecuencia natural a lo que se nos viene mostrando desde el minuto uno; tal vez una advertencia de lo que ocurre cuando tu existencia se basa en decorar tu apartamento y asistir a grupos de apoyo de cáncer testicular.

Ahora en serio, podemos extraer varias lecturas de esta película, algunas complementarias, otras contrarias entre sí. Una de ellas, con la que decidí quedarme, es la de que si empujamos al límite a una sociedad entera, si la alienamos lo suficiente, puede llegar a inmolarse si con ello vislumbra algo parecido a la libertad. Los integrantes de esta organización no necesitaron un “Tyler Durden” que actuará por ellos, solo necesitaron a uno que guiará la carga y que prendiera la mecha. Los resultados, ya los hemos visto.

Nota del autor:

9,0 █████████ (Excelente)

TRAILER V.O.:

 

 

Written by Luis Joaquín Martínez Callol