Hamnet (Chloé Zhao, 2025) – 125 min

Chloé Zhao recrea Hamnet, basada en la novela de Maggie O’Farrel (2020), con una convicción poco frecuente: lo decisivo en una vida no siempre ocurre en los hechos grandes, sino en lo que queda cuando los hechos ya pasaron. La película se organiza como una experiencia de sedimentación. Todo —la luz, la naturaleza y los gestos— parecen describir a los personajes hasta volver visible una verdad íntima: el duelo no es algo pasajero, es una reorganización de la vida.

Desde sus primeras escenas, el film instala una relación especial con el tiempo. No hay prisa por “llegar” a ningún punto; lo que importa es el modo en que un día se parece al siguiente y, sin embargo, ya no es el mismo. Zhao confía en que el dolor profundo rara vez se expresa con golpes de guion. Se expresa en la iteración que se vuelve insoportable, en el silencio que empieza a ocupar lugares que antes pertenecían a la conversación.


La fotografía de Łukasz Żal trabaja con una idea de belleza austera. La imagen se deja atravesar por la humedad, el polvo, la fibra de las telas, las hojas de los árboles. El mundo no es un decorado, es una presencia que condiciona la manera de respirar. En exteriores, la luz se siente meteorológica: cambia con las nubes, con la hora, con el viento. En interiores, la penumbra no dramatiza, protege. Crea cuadros donde las sombras esculpidas por la luz de unas velas no ocultan los rostros para generar misterio, sino que nacen para mostrar lo que el cuerpo todavía no puede expresar. La cámara, parece escuchar antes de intervenir y cuando se acerca, registra cómo una emoción se instala en la piel: un temblor breve, un parpadeo, un llanto desesperado logrando que dure más de lo que debería. Esa mirada sostiene el tono general: Hamnet no “explica” el duelo, lo vuelve una atmósfera. Una presión constante e insoportable.

El personaje de Agnes está construido desde una relación con la naturaleza que el film presenta como algo práctico y sensorial a la vez. No es un cliché de sabiduría rural. La película la muestra como alguien que conoce el entorno con el cuerpo: por tacto, por olor, por atención. Ese vínculo es un lenguaje alternativo al discurso. En una historia donde la palabra no es suficiente, Agnes (Buckley) tiene la capacidad de habitar lo indecible sin convertirlo en espectáculo. Su relación con plantas y animales funciona como una manera concreta de estar en el mundo, lejos de un simbolismo mágico. Y, sobre todo, como una forma de resistencia: cuando todo se desordena, el gesto aprendido (preparar, curar, esperar, sostener) aparece como un nexo al que se agarra la vida para no romperse del todo.De los motivos visuales que aparecen en el film el del “agujero” o “cueva” destaca por su potencia. Confiere un cierre circular y opera como un lugar donde la mirada cae, donde la mente no termina de encontrar seguridad. Ese agujero negro excavado es un vacío, sí, pero también un umbral. Asomarse es aceptar que hay zonas del dolor que nunca se iluminan. Zhao filma este motivo como un algo que te llama. Algo que promete silencio. Resalta lo que genera el vacío interior: un espacio real donde el cuerpo se enfrenta a su límite.

El color en Hamnet: predominan tonos terrosos y verdes húmedos en lo vivo, blancos apagados en lo doméstico (telas, harina, luz interior), y rojos usados con prudencia, como si la película supiera que el rojo, cuando aparece, altera el balance de la escena. Ese trabajo es coherente con no fijar una interpretación, sino crear las condiciones para que el espectador la construya. El color no “señala”; acompaña.

Si la película logra convertir una experiencia íntima en una forma visible, es en gran medida por el trabajo actoral de Jessie Buckley y Paul Mescal, extraordinario por razones opuestas y complementarias.Buckley compone a Agnes desde una energía interior que no necesita demostración. Su actuación es precisa en lo mínimo: cómo escucha, cómo mide el espacio antes de entrar, cómo sostiene una quietud que no es calma, sino concentración. Buckley consigue algo difícil: hacer que el dolor no sea un estallido constante, sino un estado que reorganiza cada acción. En ella, el duelo tiene textura; se vuelve visible en la manera de tocar un objeto, de sostener una mirada, de respirar cuando no hay nadie mirando. Es una interpretación que no pide permiso para ser compleja: te obliga a mirarla, aunque a veces incomode.

Paul Mescal, trabaja desde la contención y la deriva. Su personaje parece partirse entre presencia y ausencia: está, pero su mente se fuga; intenta sostener una vida común mientras algo dentro se desplaza. Mescal filtra el sufrimiento en silencios, en indecisiones, en una mirada que se queda un segundo más de lo normal sobre una cosa cualquiera, como si allí hubiera una pista para entender lo que no entiende. Su gran acierto es mostrar cómo el dolor puede producir movimiento —extraordinaria demostración de lo que es la inspiración y el proceso creativo- sin que ese movimiento resuelva nada o tal vez sí.

Juntos, Buckley y Mescal construyen un vínculo que se define por una química compleja, por los roces reales entre dos maneras distintas de sobrevivir. La película es muy lúcida al respecto: el duelo no solo separa del mundo; también puede separar dentro de la pareja. Y ahí el trabajo de ambos es devastador: se sienten las distancias pequeñas, los malentendidos, las tentativas de cuidado que llegan tarde o no llegan cuando el otro las necesita.

La partitura de Max Richter se integra sin invadir, huye de la manipulación. Funciona como una arquitectura emocional: está ahí para que el film no se derrumbe en el vacío, pero nunca tapa el silencio cuando el silencio es lo único honesto.Hamnet es la historia de una mujer diferente, empoderada por sus conocimientos y una simbiosis con la naturaleza que necesitamos reivindicar como parte de nuestro propio ser. Es una descripción maravillosa del teatro isabelino, la escena del Globe – donde he tenido la fortuna de ver alguna representación de Shakespeare- es de una belleza aplastante. Soy amante del teatro y esta película me eleva.

Es un cine de duelo sin histeria, una película que no pretende convertir la pérdida en lección, sino en materia: piel y tiempo.

Su apuesta es exigente —mirar despacio—, pero la recompensa es rara y valiosa: la sensación de que el cine aún puede hacer tangible aquello que, en la vida, apenas se soporta.

Distribuida en España por UNIVERSAL PICTURES

Nota del autor:

9,5 ███████ (Excelente)

Película en CARTELERA desde el 23 de enero de 2026

TRÁILER:

 

Written by Mario Ayala

Cineadicto