Mraz (Pavle Vuckovic, 2026) – 109 min. –
Una policía, consumida por su trabajo, acude a investigar una desaparición en una población rural. Allí descubrirá que el pueblo oculta una extraña adoración por un ser del bosque.
Curiosa producción serbia que navega entre los géneros del thriller policíaco y el fantástico. Está dirigida por Pavle Vučković, un cineasta cuya carrera se ha caracterizado más por los cortometrajes.
Ante nosotros se presenta una obra que comienza como una película de investigación, con una policía completamente absorbida por su trabajo, hasta el punto de convertirse en un droide: sin emociones, sin expresión, dedicada únicamente a su labor para llenar el día a día.
La típica historia de una policía de ciudad que se ve inmersa en una situación que no puede controlar. Una población rural que, aunque no vive aislada de la civilización, parece estar anclada en una mentalidad medieval, en contacto con lo mítico y lo legendario. Con sus rituales y ofrendas a los «espíritus» de la naturaleza, como si de una protoreligión pagana habláramos.
Es la narración que ya hemos visto anteriormente del pez fuera del agua. La razón frente a la emoción, el mito contra la civilización. Me recuerda mucho, en concepto, a The Wicker Man, que comparte exactamente la misma esencia: una investigación policial sobre una desaparición en una sociedad cerrada y marcada por comportamientos anómalos.
La película avanza siguiendo los pasos de la investigación hasta que, transcurrida aproximadamente la mitad del metraje, da un giro hacia lo fantástico y lo sobrenatural. La hiperracionalidad de nuestra protagonista comienza a tambalearse, dando paso a la debacle emocional al descubrir que la estructura sólida sobre la que ha construido toda su vida no solo está hueca, sino que además presenta grietas.
Sobre el papel, es algo que podría funcionar —como ocurre, por ejemplo, en The Wicker Man—, pero en esta película el cambio resulta tan brusco que termina conduciendo al desastre. En la película que tomo como referencia, la historia se construye de forma paulatina y genera una sensación creciente de peligro e intranquilidad. En Frost, en cambio, el relato original se interrumpe de forma abrupta y da paso a algo que parece pertenecer a otra idea.
Nuestra protagonista, Kamka Tocinovski, representa bien a ese personaje de policía que aparenta una frialdad absoluta. Y aquí encontramos uno de los problemas más graves de la película: el espectador no consigue conectar con ella ni llega a importarle demasiado lo que le sucede. No parece humana, podría decirse.
El problema no es que la protagonista sea hiperracional, sino que la historia no utiliza esa característica como un verdadero recurso dramático, sino como un mero espejo frente a los acontecimientos. Su aparente deshumanización podría haber sido el punto de partida de una transformación interesante, pero no llegamos a comprender qué la ha llevado hasta ahí ni porque, cuando su visión del mundo comienza a desmoronarse. Sin ese vínculo emocional, su caída en lo fantástico carece de ingredientes.
Teniendo en cuenta que durante una hora apenas pasa nada —y no es porque la película se esté tomando su tiempo para introducirnos en la historia, sino porque, sencillamente, no ocurre nada—, el resultado es tedioso. Hubo espectadores que se dormían, se despertaban y comprobaban que apenas se habían perdido metraje. La tentación de mirar el teléfono durante la proyección era constante.
Esto hace que lleguemos completamente desconectados a este relato de suspense oscuro y folclórico cuando se produce el giro hacia su vertiente fantástica.
Con la aparición de nuestro nuevo personaje, encarnado por Lara Dragović, vemos rápidamente que estamos ante una especie de versión de Shrek: una policía fría en lugar de un ogro verde y una joven con una tendencia excesiva a los desnudos frontales que hace las veces de dragona.
Es cierto que las leyendas sobre criaturas sobrenaturales capaces de adoptar forma humana constituyen una parte importante del folclore europeo, especialmente del eslavo. El problema es que ambas historias colisionan en lugar de caminar juntas. El resultado me recuerda casi a un relato de porno suave de la época del destape de los años setenta.
La disonancia narrativa hace que no podamos disfrutar de la película. Durante buena parte del metraje, la pregunta que nos acompaña es «¿Pero qué está pasando?» en lugar de dejarnos llevar por la historia. Y eso se acentúa cuando todo parece desembocar en poco más que escenas de sexo lesbico para intentar captar nuestra atención.
El erotismo gratuito, cuando no está integrado en la narración, no es algo que sea de mi agrado. Sobre todo cuando ni se explora ni se prepara el terreno. El sexo sin prolegómenos resulta demasiado brusco y forzado como para que pueda apreciarse dentro del relato. Personalmente, cada vez desconecto más de estas artimañas para intentar atraer al público.
Considero que podrían haber sido perfectamente dos mediometrajes independientes, cada uno con su propia historia y ambos potencialmente disfrutables. Es como con la cocina: a veces, buenos ingredientes por separado no crean un plato igualmente disfrutable cuando se mezclan.
Película disfrutable si te gusta la oscuridad, los ritmos lentos o verte acosada por una dragona.
La frase: «Esto es increíble, no lo entiendo.» (Lo mismo que pensábamos todos los espectadores en ese momento, carcajadas hubo en la sala de cine).
La escena: La primera aparición de Adela, por lo absolutamente disparatado de la escena.
Vista con PASE DE PRENSA en el Festival Internacional de Sitges 2026
Nota del autor:
3,5 ███ (Mala)
TRAILER V.O.:


