Como todo buen actor americano que se precie, tuvo sus inicios en Broadway, interpretando numerosos papeles que forjaron las suficientes tablas como para dar el salto al cine allá por los lejanos 80. Incluso se atrevió con un musical (“Hello Dolly“, de 1968). Supo tener la paciencia que se espera de una estrella de Hollywood. Su momento llegaría. Estaba seguro. En 1984, 1987 y 1994 estuvo nominado a los Oscar’s, pero su paseo por la alfombra roja a la entrada del Kodak Theatre no obtuvo premio. Continuó ofreciendo buenas interpretaciones, aunque en filmes de menor entidad, hasta que participó en el thriller “Seven” (1995). En mi opinión, Freeman se comió por completo a un jovencito Brad Pitt, coprotagonista de la película e ídolo de adolescentes. La interpretación fue de tal calado que desde ese instante el actor vivió su mejor época de trabajo y reconocimiento.

Un trabajo del cual mereció el aplauso general de la crítica fue en el western “Sin Perdón” (1992), a las órdenes de su buen amigo Clint Eastwood. La cinta arrojó una de las mejores versiones del spaguetti-western de toda la vida. De esos que se hacían en el desierto de Almería, allá por Tabernas. Incluso llegó a encarnar al presidente de los EEUU en “Deep Impact” (1998), esa típica americanada en donde los estadounidenses salvan al mundo, como en tantas y tantas ocasiones. La verdad, que narices sería del mundo y de todos nosotros sin ellos… Quedó con la espina clavada tras el western. Pero resurgió de sus cenizas cual ave Fénix con la magistral interpretación en “Million Dollar Baby“, curiosamente otra colaboración con el mítico Eastwood, generando al fin su nominación y consecución de la ansiada estatuilla.

Le han seguido otras películas de menor calado popular, pero donde ha ido regalando trabajos correctos, de acuerdo con una, digamos, excelente trayectoria cinematográfica. A nivel personal, aparte de la estatuilla por el film sobre el cuadrilátero, destacaría por encima de todos, su trabajo en Cadena Perpetua” (1994). Con esa interpretación me ganó para siempre. Como pasara con “Seven“, creo firmemente que superó con creces a un Robbins magistral en su papel protagonista. Yo me creí todo. Cada gesto, cada momento del guión, cada sonrisa y cada cara cabizbaja en el patio del presidio. Cómo su personaje trata de lograr su objetivo de forma silenciosa, casi imperceptible. No recuerdo las veces que he podido ver y disfrutar esta película. Lo que sí tengo claro, es que no sería nada parecido sin el señor Freeman.

Posiblemente pasará a la historia del celuloide como un actor de prestigio. Y es así. Pero me gustaría recordarle como ese actor que supo transmitir con sus ojos cada palabra de cada guión aprendido. Quizá las nuevas generaciones tengan un buen espejo donde mirarse, y se dejen de gilipolleces a la hora de interpretar. Se nace actor, se vive como actor y se muere trabajando en el escenario (literalmente). No se crean actores de la noche a la mañana.

Written by Óscar Quiroga

Colaborador de LGEcine

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